miércoles, 27 de junio de 2018

Expulsando demonios

Me he visto a mí mismo comiéndome la cabeza de nuevo, hablando solo..., pero ya no puedo sentir vergüenza de nada porque no tengo vida social. El aburrimiento ha creado una nueva vía en la vida que me ha tocado vivir: consiste en tener la obligación de dejar de hacer nada por la sociedad porque la sociedad no sólo no le saca provecho, sino que además los malos aprovechan, o parecen aprovechar, esa tecnología para desarrollar sus necedades.

En lo que a mí me respecta el mundo se puede dar por perdido: no tenemos unos referentes en los que basarnos. No hay una historia de la ciencia ni nada que se le parezca basada en los méritos, más que en las apariencias. Y a los hechos me remito: si tuviéramos que basarnos en las experiencias que establecieron el modelo de dominancia cerebral de Herrmann, podríamos entender que las mujeres científicas y artistas debieran de ser muchísimas menos que los hombres; sin embargo, ¿por qué no hay negros o gitanos? De la misma manera, estas mismas mujeres habrían destacado en el mundo de la política o en pedagogía, si nos basáramos en dicho modelo, y, sin embargo,  bien sabemos que los grandes políticos y pedagogos también son hombres.

¿Cómo es posible que en ciencias sociales las mujeres no hayan plantado su hegemonia absoluta como lo han hecho los varones en las ciencias? La explicación es obvia porque, si simplemente negáramos el modelo de dominancia cerebral, todavía podría ser peor: ha existido un marcado patriarcado confabulando contra los méritos de las personas.

El plan que pudiéramos tener algunos de ayudar a hacer florecer las vergüenzas del patriarcado habría sido lo suficientemente válido para ayudar a hacer comprender que el problema trasciende mucho más: que toda la sociedad científica y la crítica se fundamentan en preceptos fachas. El talento en la vida real es algo tan secundario que asusta. Ya no es que no sea posible encontrar muchas estrellas en el mismo pedestal, lo cual es algo estructural y, de por sí, no es un problema salvo de aceptación: el problema es que se colocan en el pedestal expresamente a los que sean de tu hermandad.

Los criterios de selección para triunfar no consiste en estudiar mucho y tener mucho talento: eso sirve de bien poco. El verdadero objeto, incluso por encima del trabajo duro o de creer en lo que se hace, es conocer gente y no dedicarse a llamar en las puertas, sino en esperar a que alguien te abra una puerta para entrar en ella y dar a entender que la invitación y la gran idea de su permanencia en la estancia fue de quien le invita. Por tanto el talento consiste en descubrir dónde están los cerrojos de las puertas que te impiden avanzar, abrirlos por dentro sin que descubran que has sido tú y esperar por la fuerza del tiempo y la costumbre a que la puerta se abra sola para coincidir con quien se piense que te está invitando a pasar.

Es un proceso realmente trivial. Y sí, lo he visto, lo he practicado, me lo han ofrecido cientos, miles de veces..., pero nunca, nunca, nunca he pasado. Lo mío es pura ciencia. Quizá deba arrepentirme de mis estudios sobre la inmundicia del ser humano occidental, pero es el precio que debe adoptar el buen criminólogo - al menos tengo consciencia de que los cuadros psicológicos que tengo en mente son puros, son auténticos.

Pero nada, escribía ésto no para ofrecer nada, sino para desahogarme. Tan pronto como he empezado a limpiarme de los demonios de dentro ya habré terminado y seré capaz de hacer la mañana.

Que pasen un buen día.



No hay comentarios:

Publicar un comentario