Al salir de clase algunos preadolescentes tienen la oportunidad de terminar de conocerse antes de que el sistema comunista les separe y los clasifique entre las distintas opciones que ofrece la secundaria. Antes de la primera segregación meritocrática, genios y lentos, guapos y feos, adaptados, ricos y no tan ricos tienen la opción de terminar de mezclarse entre ellos sin importar nada. Así que, como en un ritual, poco importan las guerras que destrozaron el planeta años atrás, poco importan las banderas e himnos que aún les queden por terminar de comprender y poco importa la versión edulcorada de la historia que les fueron a contar para que algún día aprendan a desecharla. Ahora tienen la oportunidad de reunirse por una hora y jugar, según el caso, al fútbol.
#historiasdefútbol
Aurelio no ve, y es de nacimiento. Lleva unas gafas especiales que le lanza una suerte de colores al cerebro para percibir la cercanía de los objetos. Son los milagros de la tecnología: desde hace años los ordenadores pueden empatizar en parte con las personas, pero no es posible aún devolverle la vista a un ciego de nacimiento. Como formas sinuosas se perfilan deformes y extrañas sin que Carlos las pueda terminar de entender. Las gafas emiten unas señales a la cabeza, pero son deformaciones o espectros de lo que realmente sucede ahí fuera.
Esa es la realidad que le falta por ver, pero no tiene tanta fuerza cuando se ha crecido bajo la fortaleza de escuchar de primera mano, palpar de primera mano e, incluso, oler de primera mano; con los años se comprende que la interpretación que hace una máquina de lo que se ve no es más que un pequeño juego - como una falsedad aceptable y graciosa; una forma virtuosa de autoengañarse.
Y el peor de los autoengaños era el de Aurelio, tenía 13 años y estaba a punto de terminar la escuela, pero ese día ya no estaba dispuesto a abandonarse él una vez más: ya se lo había dicho un profesor, “debes aprovechar para estar con ellos ahora más que nunca, no tienes porqué jugar si no quieres”. Y, efectivamente, ¿para qué jugar? Ahora bien, esa norma ya no podía más el tener sentido para él – quería estar entre ellos, no escucharlos, formar parte de primera mano y no formar parte de la mentira de ser un espectador.
Es por ello que se levantó y se ofertó para integrarse en el equipo que estaba perdiendo por dos goles de diferencia.
- ¡Venga, que tenemos miedo de hacerte daño!
- Eres un peligro, déjalo.
- Si tenemos que ocuparte de ti, ¿qué gracia tiene el juego?
Aurelio pensaba que tenían razón en que no debían dejar de jugar como siempre, que él ya se encargaba. Que no le pusieran en la defensa porque serviría de bien poco. Y efectivamente, consiguió convencerlos de la manera bien simple: dando un patadón al balón para colarlo de casualidad en la portería. Si el destino se hubiera marcado en su contra, se habría librado de la humillación de que lo aceptaran en el equipo.
Así que jugaron, y Aurelio pudo sentir la liberación de tener, de vez en cuando, el balón en los pies; para notar como una y otra vez se caía y tropezaba o se movía demasiado lento.
- Sólo tienes que tirar como antes.
- Que vayas lento eso no quiere decir que no te la deba coger.
- Si quieres vuelve de nuevo a las gradas.
Pero Aurelio también tenía un cierto tesón. Acababan de encajar dos goles más, mientras su equipo aún se descomponía de tanto correr y se desmoralizaba. El capitán se dirigió a Aurelio:
- Mira, cuando cojas el balón tus compañeros se alejarán de ti, los otros irán a por ti. Así que pasa o tira. Esa es la única lección.
Aurelio reconoció la idea: el que tiene el balón, los espectros que se te abalanzan y aquellos que buscan el pasillo para el pase. No era tan complicado. Tuvo la oportunidad de recordar cómo un verano jugaba a tirar penaltis en la playa. En familia todo eso era mucho más sencillo. Entonces tenían que pujar por ser los siguientes en tirar: aquel que fuera a por el balón era para quitarle la oportunidad de tirar, aquel que se aparta es para dejarle intentarlo. Siempre ha sido así.
Pero como siempre fue así, no hay sitio para ganadores en estas historias. Los intentos suelen estar vinculados con los fracasos. El aprender algo nuevo suele estar vinculado con aprenderlo para otra ocasión. Habían encajado para cuando terminó esa hora cinco goles y, para cuando Aurelio dio con la manera de darle al balón y sorprender al portero, sólo marcó un gol tras un pase de la muerte del capitán.
- ¿Por qué no probaste a tirar por ti mismo? - le preguntó Aurelio mientras lo laureaba su equipo.
- Porque este gol ahora sí vale por cinco.
Dentro de unos años puede que ya se olviden los unos de los otros, recordarían - tal vez - que perdieron por goleada. Sin embargo, ¿acaso esa sensación de decorosa victoria no les inundaría? La barrera autoimpuesta aniquilada y el conocerse de manera mucho más auténtica. Entonces, ¿cuál fue la mala contabilidad? ¿Cómo es que como buenos perdedores debían aceptar su derrota cuando en realidad habían ganado algo mucho más tangible? En el fondo todos lo tenían claro.
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