jueves, 2 de agosto de 2018

Historias 4

Como cada año, Teo iba caminando de casa en casa para intentar encontrar pistas de cuál era su procedencia, sus orígenes. Había sido abandonado en la institución donde recogen niños, y allí le habían cuidado. Era ya la tercera década desde el término de la Tercera Gran Guerra y la victoria comunista en todo el planeta.

#historiasDelFuturo

Poco importan los gobiernos títeres o las pretensiones asamblearias, ahora ya era mayor de edad y podía permitirse el lujo de andar por donde quisiera sin riesgo a que nadie le molestara. Habían pasado demasiados años como para que las pistas fueran fiables, pero todo buen gobierno planificado tiene registro de cada casa, cada cambio urbanístico, cada..., casa y sus moradores.

Cuando lo abandonaron se preocuparon de darle una pista para que recordara su origen. El origen de toda persona es una de esas cosas en las que más se puede uno aferrar: un escudo de armas de una buena familia era la información que tenía, pero faltaba asociarlo con una de esas familias. El último gobierno regaló blasones entre las distintas familias de la ciudad para compensar la desaparición de los apellidos. Un nombre de persona, el nombre de la ciudad donde nació y un número. Los apellidos habían desaparecido a cambio de trofeos honoríficos, fiestas conmemorativas hacia el pasado y otros eventos culturales que fueron desapareciendo por el poco interés.

El alto abolengo de una persona era una seña de identidad: provenir de una noble cuna ¿De qué servía eso ahora si todos tenían casa, sustento y una programación de futuro flexible? Teo compartía casa con otros cuatro compañeros. Uno de ellos sí consiguió encontrar una ocupación más o menos razonable: limpiar escombros. Los ciudadanos de los barrios más antiguos agradecían a través del sistema tributario esas labores. Pero Teo a penas aportaba gran cosa a su comuna de amigos y se arriesgaba a ser rotado de comuna. Incluso que le redujeran su nivel social.

Aún así Teo tenía una buena razón: nadie se desprende de un blasón de tanta valía.  Más que nada porque ese blasón era único, y además estaba firmado por "alguien". No era fácil encontrar a una persona por su rúbrica, pero lo que portaba entre las manos era demasiado personal y, por otro lado, no era tan complicado entrar en un hogar y preguntar por su blasón, allá donde los registros históricos le lleve. Ya sea campeonatos, menciones..., no había nada que la red no pudiera alcanzar a encontrar. Si realmente estaba almacenado, claro.

Así fue como que, caminando por la calle, se encontró a Antonio, quien limpiaba escombros. Al verlo decidió ayudarle a limpiarlos, y así mejorar el prestigio del colectivo de su hogar.

- ¿Aún sigues con esa tontería, Teo? - le dijo Antonio sin prestar demasiada importancia al esfuerzo de su amigo.
- Tú no lo entiendes, es como si una parte de mí me lo hubieran arrebatado ¿Por qué somos parte de una ciudad, de sus escombros? ¿Por qué no somos el legado de nuestros padres?
- Mira, vengo limpiando estas rocas que otros que no conozco aprovechan para destruir. Formamos un buen equipo para limpiar con lo anterior. Y lo anterior es lo que nos hace tan rígidos como para no poder seguir creciendo - entonces miró a Teo y a su blasón - un momento..., ese blasón creo haber visto algo por ahí. En una villa.
- ¿En una villa? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?
- La terminamos de limpiar ayer mismo. Llevaba varios meses cayendo poco a poco. Era inmensa.

Antonio terminó de explicar dónde encontrar la escombrera donde dejaría uno de esos adoquines, y dónde estaría ubicada la villa que, en ese momento, ya era un solar preparado para que alguien quisiera aprovecharlo para lo que considerara oportuno.

Teo corroboró que, efectivamente, esa era la casa; esa familia desapareció del mapa..., notkas: renegados del régimen comunista y nómadas del antiguo mundo. Fueron invitados a vivir con el resto, pero se resignan a viajar y desaparecer, deambular entre los restos del pasado sin reconocer ni la ley ni el orden.

Ahora tenía la respuesta, pero no podía acceder a toda la información que hubiera dispuesto por no haber llegado a tiempo.

Tuvo tiempo para reflexionar, le hubiera gustado que Antonio se hubiera fijado mejor en el blasón, le habría gustado mejor que él mismo hubiera sabido hacer comprender a Antonio lo que quiera que fuera a deber encontrar, o que Antonio hubiere considerado mejor las explicaciones que él mismo le hubiera dado para saber qué debía encontrar..., poco a poco se le fueron desapareciendo las conjugaciones del castellano para comprender que la culpa era suya por no haberse implicado convenientemente en el colectivo: si quería que Antonio fuera como él, antes él debía ser como Antonio. Al fin y al cabo son de la misma comuna, y ambos eligieron vivir juntos.

Ese era el significado del blasón y ahora lo comprendía. Teo aprovechó para tirar el blasón en su correspondiente escombrera, el tiempo del futuro perfecto del subjuntivo había acabado para él: debía vivir el presente.

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