Es cuanto menos curioso que al final me decantara por aprender idiomas. Sin ir más lejos, hasta justo antes de irme de la universidad pensar en estudiar más a fondo el inglés u otro idioma me parecía bastante impensable. No recuerdo en qué año fue exactamente, pero en un momento dado me dio por querer aprovechar los cursos de japonés que tenía a mano y estudiarlo.
Desde los ocho o diez años ya había desarrollado mi gusto por programar. Quizá fue a los once cuando insistía a mis mayores que pudiera tener acceso a manuales que desarrollaran más conceptos. En cualquier caso, siempre me ha parecido fascinante y, antes de entrar en la universidad, ya desarrollé dos o tres lenguajes de programación (los de la época: Pascal, C y Basic).
El primer programa que quise resolver fue escrito en un lenguaje de alto nivel: un algoritmo que pretenda resolver cualquier problema. Efectivamente, ¡cuánto habría dado en aquella época de mi adolescencia el disponer de ensayos (aunque fueran en inglés) de Alan Turing! Sin embargo la OTAN y su plan Marshall siempre lo tuvo claro: es el mismo trato que se tiene con los genios españoles que no son hijos de funcionarios o de una hermandad VIP, no se les debe dar capacidad de desarrollo.
El desprecio por los genios siempre ha sido tal que era fácil encontrar a alguien que sí tuvo recursos para leer a un tal X, se dirigía a ti para iniciar la conversación sobre el tal X, y luego se reía de ti porque tú no habías leído al tal X ¿Acaso es accesible el tal X a cualquiera? ¡Puedes ir a la biblioteca a comprobarlo! ¿Por qué era tan relevante el tal X?
El asunto es que si se trataba de saber cuáles son los relevantes antes debes pasar por la universidad. Y claro, en la universidad no se desarrollan los ensayos: lo que se hace es ver cómo una persona se pone a hablar de sus experiencias personales (como lo que hago yo ahora) como si realmente le importara a absolutamente a nadie y, lo que es peor, encima va a examen.
Malo es intentar denunciar estas prácticas bochornosas: habría preferido que se hubieran dedicado exclusivamente a citar la bibliografía, exponer epígrafes a desarrollar, establecer la notación que se va a usar y, acto seguido, dejar que los propios alumnos puntúen por desarrollar tales epígrafes para no tener que presentarse a examen, salvo que se demostrara que realmente su trabajo no tuvo suficiente chicha.
Pero volviendo a ese "algoritmo genérico": la manera que tenía de resolver los problemas era mediante un mecanismo de delegación de recursos y de reconocimiento de los mismos. Sin embargo, los problemas más interesantes son justamente los que no entran dentro de los parámetros establecidos. Como esa duda que me corroía: qué es lo que hace que cuando me hable un gallego en un perfecto castellano no entienda ni papa - y vea cómo los que están a mi alrededor se ríen de sus chistes.
Efectivamente los golpes que fui recibiendo en la cabeza en la zona del cerebelo no sabía que iban a alimentar la factura de poder entender lo que me decía la gente; sin embargo, para cuando empecé a aprender japonés descubrí que mi inglés (y el listening) empezó a mejorar. Ya era capaz incluso de entender diálogos en inglés en películas..., luego pasé al árabe, al chino..., los ruidos se sintetizaban en palabras, y las palabras conformaban frases con sentido. Comprobé que cuando me ponía a examen el listening solía salirme mejor que la gramática... ¿Por qué ahora está todo al revés?
Con el tiempo lo fui entendiendo. Comprensión que sólo yo voy a tener..., porque a nadie le interesa. Pero lo fui entendiendo poco a poco. De la misma manera, cuando me daban gato por liebre en algún examen oficial de algún idioma me daba cuenta..., parece que gustan de sabotear según una estadística que no tengo. Pero bueno. Mi currículo no me hace justicia en idiomas: hace tiempo que renuncié a creer en la buena fe de las personas. Pero para algo están los tests que se hace uno por sí mismo.
Con los años he descubierto que los estudios sobre lógica modal sólo podían complementarse con un conocimiento de los distintos idiomas, del protolenguaje. Pero aún es más increible: justo cuando terminé de diseñar las máquinas más eficientes (lo que denomino la cristalización lógica) observo que el lenguaje natural se fundamenta en una estructura que no es eficiente, y esto es lo que justifica la ley Zipf en los idiomas que no son técnicos.
Ahora que tengo todas las piezas es justo cuando ya no las necesito; porque no hay quien se interese por la estructura completa. Pero al final ya he podido constituir un perfil profesional para determinar cómo construir un profesor Frankenstein, o a su ayudante Igor - que es más televisivo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario