miércoles, 1 de agosto de 2018

Atención a los Adoradores del Dictador

Hoy iba a hablar cómo hay gente que adolece de intentar hacer creer que el poder ejecutivo, el administrativo, es un poder que no puede ser sustituido por una máquina. Se trata de gente que quiere hacer creer que la política, escrita al margen de lo concerniente al Derecho, es un poder Supremo y que cuando ven los avances necesarios en la tecnología intentan evitar la creación de un Dr. Franquenstéin dentro de la sociedad.

Para ello empezaré a dar la piedra Rosetta del poder ejecutivo: que consiste en cuál es la fórmula de éxito para que funcione cualquier administración (dentro de las funciones de dirección de una institución) en la medida de que, como tiene aspecto de casi-fórmula, veremos que el director se hace prescindible dentro de un organismo bien planificado.

Las facultades administrativas se reducen a tener conocimiento de qué experto se encarga de cada tema para llamarlo a reunirse. Con las mismas, ante una de las funciones que tiene asignado el director se plantea a cada uno de los expertos la redacción de un informe donde se recojan todos los riesgos que supone llevar a cabo el nuevo estado planteado y cuáles son las posibles recomendaciones para ejecutarlo desde el punto de vista de su área. El director, por tanto, recogerá todos los informes para sintetizar las recomendaciones que sean compatibles entre sí.

Este proceso, como se puede observar, es perfectamente sustituible por una máquina en la medida de que el lenguaje usado por los expertos sea un lenguaje técnico (lo cual no supone un verdadero problema) y, por otro lado, que el contrato con el director y los cargos que ocupe también esté bien definido.

Rápidamente podemos pensar en el decano de una facultad, el director de una cárcel, el director de la sucursal de una empresa...

Sin embargo, la verdadera dirección va más allá de lo que he puesto por escrito: el mismo director debería de mandar escribir un manual para que cada uno de los mandos intermedios sepan qué procedimiento deben llevar a cabo y así poner por escrito en una bitácora el resultado de la ejecución de dicho manual mediante un documento de incidencias. Ahora sí, con un estudio de los resultados obtenidos mediante los ratios que se consideren oportunos, es cuando podemos evaluar si la dirección, dadas las incidencias, valió la pena. Y, en virtud de los resultados, divulgarlo para que otras direcciones aprendan.

Si nos damos cuenta, colocar a una persona en la administración es un proceso trivial: cualquier tonto puede llevar una administración. Sin embargo, tanto en lo público como en lo privado las administraciones tienen su correspondiente error con respecto a la piedra Rosetta de la correcta dirección: las empresas no querrán hacer un cuaderno de bitácora para hacer conferencias a otras empresas y las instituciones públicas no querrán hacer auditorías y manuales porque, al fin y al cabo, van a cobrar lo mismo.

Todo esto lo que nos dice es que si, de alguna manera, todas estas fórmulas se automatizaran tendríamos empresas e instituciones públicas muchísimo más humanas y eficientes.

A todo esto, ¿qué nos dice la socialdemocracia? Que le debemos la vida a los políticos. Que tiene que haber un dictador que nos diga cómo pensar, cuándo pensar, qué hacer..., y, para ello, se valen de los boletines oficiales para llenarlos de una jerga no más técnica que embarranada; donde se negocia entre partidos el poner o no una coma.

Estos señores se las dan de querer fingir que son importantes para la sociedad. Como si necesitáramos de su sabio consejo. Como si la gente no supiera administrarse. En realidad el matiz de si se administra o no la gente está en que siempre encontrarán un alto cargo o un funcionario en su lugar que intentará ponerle trabas a ese comportamiento autónomo. Pues bien, estoy hablando de los Adoradores del Dictador.

Los Adoradores del Dictador son principalmente funcionarios (o directivos de empresa) que llevan muchos años en una oficina y han encontrado en los ritos que usan una religión. Cuando un auditor los pilla, el modelo socialdemócrata no permite denunciarlos y echarlos -a pesar de que parasitan el sistema- y, por ello, intoxican el ambiente de trabajo al no permitir que se conformen agrupaciones autónomas de trabajo, innovaciones, etc... Se trata de reaccionarios que martirizan a clientes y usuarios por motivos espúreos que, no importa cómo se piense, no va a haber ninguna razón salvo la necedad de darle carácter emotivo a un rito que hace que el director sea importante y necesario.

Estos Adoradores del Dictador suelen martirizarnos sobre lo importante que es ese tipo de cargo, cuando en realidad la mayoría de las veces tal cargo o es automático o debería de ser asambleario o simplemente llevado por el tecnicismo de un magistrado que interprete leyes dentro de su propia orgánica. Cuando le otorgamos al poder ejecutivo una importancia mayor de la debida en realidad estamos acudiendo a un estado de excepción: donde el que manda no tiene que dar explicaciones de para qué hace lo que hace, y la gente se lo perdona porque simplemente ni se lo plantea.

"Todo para el pueblo", dice el Dictador. Pero un director tiene unos cometidos bien definidos y si, excepcionalmente, fuera una persona eso es porque la medida no ha sido regulada y debería de ser controlada por el Pueblo ¿Quién pondría a un empresario completamente libre de hacer lo que quiera? Sus estatutos deberían de haberse tipificado previamente por el propio Senado. Un director limitado a una misión-visión aceptada por el Pueblo, y unas fórmulas que planifiquen la dirección de la producción que haría crecer al ente jurídico, a la propia empresa que se ha creado para resolver problemas.

Visto así, ¿por qué hay gente que se obsesiona con repetir ritos que han sido superados? Voy a Hacienda y me encuentro un inspector que me dice que mi documento de alta de autónomo hecho por Internet no está bien completado..., se pone a marearme una y otra vez, se ha quedado con mi cara. Al final ya le digo "prefiero la cárcel". Eso de tener que volver a repetir un documento sin que me diga porqué lo tengo que repetir o dónde, que haga preguntas y este señor se tome la libertad de no tener que responder a algunas porque considera que no son relevantes para que entienda lo que debo hacer (que es repetir el formulario y volver mañana). Ese comportamiento, de adoración al Dictador, es lo que sobra en una democracia. Y a este tipo de gente lo que hay que hacer es echarla. Sin miramientos, sin sanciones, sin excedencias. Son tóxicos. Minan el buenquehacer. Una vez fuera del sistema que se desintoxiquen solos.

Pero en una socialdemocracia las cosas no funcionan así. Todo está orientado en el poder ejecutivo, en el Dictador.

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