martes, 3 de julio de 2018

Encuentros en la tercera fase con tuiteros

¡Ay que ver cómo lloriquean y patalean! Pobre gente la que necesita hablar mal de alguien. Los encontramos, en especial, en las redes sociales: la nueva realidad que nos toca vivir. Muy lejana a las antiguas recomendaciones de los años noventa de no mezclar los foros, con las listas de correos y los chats. Ahora eso es cosa del pasado, y la gente incluso se intercambia fotos y vídeos. Todo muy pasional, sin percatarse en lo tan fácilmente pueden sucumbir a ser víctimas de sus propias decisiones.

Ha sido hoy cuando me he encontrado con esas típicas raras avis que, muy de vez en cuando, nos encontramos. Son típicas porque no tienen alma, es muy fácil encontrar piedras en el campo. Sin embargo la rareza estriba en que hay que comportarse de manera muy mezquina y necia como para perder el alma por el camino. No es normal.

Se ensimisman con su propio lenguaje, necesitan ganar y tener la última palabra. Sabes qué es lo que más odiarán: no tener esa última palabra, y entonces piensas: voy a devolverles ese infierno personal. Y, efectivamente, siendo ellos portadores de las injurias y las difamaciones, de intentar dejar mal a todo aquel que lleve una vida mucho más estable que la de ellos mismos, se obsesionan de manera muy ruín para poder justificar que todos son igual o más perversos que el mundo que nos tienen preparado.

Es entonces cuando me dispongo a responder, siempre con sinceridad, a sus comentarios llenos de mala fe, con su propias dosis de necedad, para poner en duda su capacidad para el buen juicio. Y claro, no faltará el pique que quieran tener conmigo: ¿por qué iba a callarme nada? ¿Quizá porque yo, a cambio de ellos, sí ofrezco un medio para ser identificado a través de mi cuenta?

Pero para que puedan tener razón ya me ocupo de cometer faltas, errores: es algo que aprendí con los años. Lo que aprendí fue que hay que fingir que cometes errores para que puedan tener la última palabra, una mera rectificación infantil para el tema que ocupa y, de esta manera, se quedan tranquilos. Es como si hubieran ganado. Así es como doblegaba a mi perro: le concedía el último ladrido, uno puesto como entre dientes, un refunfuño..., y entonces dejaba de ladrar en toda la noche. Es decir, lo importante para mí, y él lo sabía.

Pero éstos que me encontré no eran tan listos ni como mi perro; se alimentaban una y otra vez con la siguiente estupidez: que si yo era un machista, que lo mío era el mansplain..., ¿de qué sirve entrar en ese juego? Uno se hace el sueco, responde de cualquier manera diciendo que no y así ya se quedan tranquilos..., pero el problema es cuando les recuerdas que te han insultado y ellos, en su mente victimista y enfermiza, consideran que jamás han podido ofender porque, en el fondo, ven en mi discurso una manera simple de retratarlos, sin florituras. Entonces llegan las contradicciones y, claro, cuando hablamos de discriminación y contradicciones la lógica puede empujar a que sean víctimas de sus propias acusaciones..., ¡ay, qué hermosura el excontradictione quod libet para quien sepa comulgar con el mismo!

Pero nada, la chica con un ataque de nervios porque se pensaba que no paraba de tuitearla a ella, cuando en realidad lo que hacía era responder a sus acusaciones..., además de que ella misma se salió de la conversación para copiar una imagen de mi cuenta - imagen de la que me siento muy orgulloso.

Todo esto a santos de una mera pregunta: ¿cuál es el objeto de esa difamación contra ese famoso? Básicamente era ese modelo de pregunta. Más aséptico imposible. Pero es que es eso lo que disparan las alarmas: quizá quien habla sencillo, como muy murciano - como dirían los catalanes, se piensa que podría ser objeto de acusaciones y griteríos para obligarle a salir por patas. Craso error..., en aquel momento funcionaba a relé - mientras ellos, por la clase de respuestas que daban, se notaba que tenían que trabajarse mucho la creatividad de la edición, del momento...

Habría esperado que me bloquearan, sólo por saber hasta dónde llegaría la situación. Sin embargo es el juego de siempre. Para desahogarme de esa conversación anómala tengo este blog, dicho y olvidado. Yo creo, por otro lado, que mi conversación sí les habrá causado mella o, al menos, puede que se lo pregunten dos veces antes de inventarse historias contra un murciano.


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