viernes, 27 de julio de 2018

Experiencias con los amigos y su corporativismo

¡Ay los amigos! Lo necesarios que son..., o eso dicen. Esta noche, sabiendo que esta manaña empezaría a hablar sobre estos temas, me asaltaron los recuerdos de un jefe de estudios, y cómo debía haber sido el sistema: donde un inspector llegaba y, de forma muy rigurosa, les ponía a caldo a todos esos corruptos que se dedican a la enseñanza. Pero claro, si quiero volver a dormir, debo centrarme en aceptar que las mafias se anidan muy bien en la socialdemocracia, donde los amigos se protegen mutuamente.

En estos momentos un violador asesino, al que le quedaban ocho años de cárcel se ha escapado gracias supuestamente a una funcionaria que era su esposa. Eso de acabar en la cárcel puede ser un chollo cuando consigues atraer, con toda tu imagen de malete, a trabajadoras sociales que, por mucho currículo que tengan, muy profesionales no pueden ser. Pero claro, los permisos penitenciarios funcionan como funcionan; quiero decir, a base de enchufes, de amiguismos. Nada que ver con un sistema basado en la reinserción donde se compense a los más dedicados a la preocupación social.

Pero la gracia es que en los medios, cuando los dos están desaparecidos, se está difundiendo la foto de él, pero no de ella. Y, por lo menos yo, lo tengo bien claro: quien realmente ha perpretado el delito de fuga no es tanto él, como ella, pues ella es la que tiene los medios, ella es la que está fuera y ella es la que conoce la ley, y a los vigilantes de la misma. Ya no digo sus títulos y estudios, su posición social y, por tanto, sus tan variados enchufes y más enchufes..., que, combinado con el hecho de que se liara con un violador asesino, insisto que muy profesional dudo que fuera. Así debía valer su título y sus estudios.

El asunto es que los amigos siempre han existido. Podemos distinguir como dos tipos esencialmente: los que te ponían una pendiente para que la subas y los que te lo hacían todo más fácil. Yo siempre he sido de los primeros. Y no me arrepiento en lo más mínimo, porque en lo que deberíamos de ponérnoslo más fácil es a la hora de luchar contra nuestro enemigo común. En el colegio, por lo pronto, era así como lo dejaba bien claro a mis amigos y amigas.

Supongo que mantenerse firme por lo que uno considera que es la verdad puede llevarte necesariamente por tener que enfrentarte en varias ocasiones contra el cinismo y la hipocresía de las profesoras que trabajan en tales centros. Y es que, efectivamente, la socialdemocracia no posee un sistema de inspección que compruebe que realmente las cosas son como intentan parecer. Una profesora que castiga a los niños poniéndoles de rodillas a partir de motivos arbitrarios para poder rememorar cuando ella estudiaba con las monjas..., o esa otra profesora que chillaba y hablaba como una niña para incitar a la rumorología y crear linchamientos sociales a los alumnos que no le caían bien.

Recuerdo la amiga que era tan inteligente como yo. Sacaba dieces cuando yo seises ¿Por qué? ¿No era yo aplicado? Mentira. Ella era hija de funcionaria. Simple y llanamente. Y no me sentía mal por ello, aunque la profesora solía insistir en ese motivo (lo confesaba en voz alta, ¡ay el subconsciente y cómo se desprecia la consciencia infantil!).

Cuando yo era un amigo duro porque mis bromas podían ser duras, también es cierto que consideraba al profesorado como gente con la que no podía cooperar: razón por la cual me doblegaba por enseñar a mis compañeros cualquier duda de clase. Pero la parte dura la volvía a tener cuando me enfrenté a puñetazo limpio contra un compañero cuando éste me dijo que le había hecho caso a la profesora cuando ella le dijo que yo a él lo consideraba un plato de segundas ¿Su palabra contra la mía? ¿A esa zorra mentirosa? ¡Eso no se hace a un compañero! Nos tuvieron que separar entre cuatro, los dos éramos moles bastante duros y él tenía un año más que yo, y a esas edades eso realmente importaba.

Siempre lo he dejado claro: nunca se debe mentir por mí. Jamás he admitido esa vaina. Siempre me he considerado mucho mejor que el sistema oficial, cuya autoridad me ha parecido demasiado cuestionable por toda esa ramificación de amistades con la que se mueve y llena de castigos a quien no se mueve con tal sistema. Pero, paradógicamente, supe crear una red underground llena de verdades y autenticidades al margen del sistema. Alimenté muchas de esas redes que ya existían, y hay que sentirse orgulloso por ello, pues aprendí de ellas también. Sin el underground ningún país del mundo podría avanzar, pues la socialdemocracia es un fracaso absoluto.

La socialdemocracia se fundamenta en las puertas giratorias. Si no existieran grupos de presión, de financiación y rostros de políticos que poner en los carteles publicitarios entonces la mentiras no funcionarían. Cada vez que vemos un inmigrante subvencionado por ser inmigrante, no lo son todos, sólo él y unos pocos más. Cada vez que vemos una mujer maltratada subvencionada por ser maltratada, no lo son todas, sólo ella y unas pocas más. Cada vez que un autónomo...

Las leyes se hacen descafeinadas y se crean grupúsculos de invisibilidad que, ante una sociedad que no esté superpoblada, podrían contenerse pero, ante la nueva realidad, habría que aceptar un gran cúmulo de suicidios y de problemas de gravedad sin resolver. Es decir: ¿por qué nunca he visto un indigente oriental? ¿por qué sólo he visto un niño marroquí con gafas una vez en mi vida? ¿por qué en España es tan difícil encontrar policías corruptos (los que son expulsados son los que lo denuncian)?

Cuando las estadísticas fallan el problema está en la fórmula social que las interpreta. Desde aquí no sabemos cuánto daño hacen las políticas del fracaso socialdemócrata porque, a diferencia de una renta básica, socialdemocracia significa aceptar el fracaso de no poder ser socialista ni demócrata; la renta básica supondría, como lo fue el sufragio universal, el reconocimiento de un Derecho Fundamental como algo inamovible. Y quien no entienda esto..., es que su idea de amistad es puro cinismo.

Me imagino lo que quieren los socialdemócratas para sus amigos: ¿qué pasará cuando se los encuentre en una esquina bebiendo con pinta de indigentes? El socialdemócrata tiene la lección aprendida: mirar a otro lado. Esa es la filosofía socialdemócrata. Nada de servicios sociales, porque sabemos que son una mentira. Nada de ayuda psicológica, porque sabemos que esa gente se sacó el título en la Rey Juan Carlos. Nada de nada..., no hay sistema. Se mira a otro lado y punto.

Yo, por mi parte, todo dinero que recolecto lo veo con miras de que lo necesitaré para manejarme ante un posible futuro como indigente. Si, por lo menos, las necesidades más básicas las tuviera cubiertas, entonces podría dedicarme a plantearme esquemas de futuro: ¿cómo sería una sociedad donde todas las personas que andan por la calle tuvieran las necesidades cubiertas? No sólo serían clientes en potencia, también serían amigos en potencia: gente a la que podríamos ponerles una dura prueba o gente a la que le ofreceríamos nuestros servicios a cambio de algo.

Pero no vivimos en un mundo así. Sólo puedo sentirme orgulloso de los pocos amigos que me queden (sean quienes sean): deben estar hechos de una maravillosa pasta triunfal.




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