Existen maneras de salir del túnel: lo primero es reconocer qué es lo que escapa de tu control; no puedes conseguir que la gente reconozca lo que para ti es evidente. Lo segundo no tiene más remedio que entender porqué lo demás depende de uno mismo, para así coger las riendas. Si bien existen indicios de aspectos que no me parecen que cuadran en el buen balance de una vida digna, también es cierto que no puedo permitirme el lujo de ir a menos; esto se va a convertir en una carrera de fondo, para cuando admitan que la línea de meta ya fue sobrepasada, aún me pillarán corriendo - si ven que dejo de correr, entonces ya le darán la medalla a otro. Es así como hay que verlo.
Mientras se mantiene esa situación de absurdo esperpéntico, la ausencia de vida social, la exclusión de formar parte de algo provoca que las intensas vivencias del pasado arrasen con toda su diversidad cultural por mi mente ¡Y exclaman a viva voz cómo es posible que sean tan necios! Son traumas de ver cómo el mundo se desmorona y pierde su compostura, de cómo las cosas uno las ve más sencillas y comprobar cómo se complican la existencia mientras siguen dando palos de ciego. Entonces la mente grita, porque internamente tiene esa fórmula acuñada con el paso de los años. Y te ríes porque sabes que al experto en la materia tú no eres más que un cuñado - y no le faltará razón.
Por eso tales exigencias de decoro sé y me consta que deben ser aclamadas de alguna manera, o volverán a asaltar mi mente. De una manera o de otra, las emociones forman parte de un resultado de las decisiones que conforman mi comportamiento; ya no es culpa de otros, no puedes echarle la culpa a los demás de que te exalten sus simplezas anudadas.
Y claro, la manera de afrontarlo es riéndose en un bar de esta gente, ante un amigo; ¿y cuándo no los tienes? O contárselo a algún confidente, ¿acaso me queda alguno? Está claro que el aislamiento es total sobretodo cuando ves cómo el mundo puede más o menos seguir con su progreso convedddncional y, al mismo tiempo, te ves completamente estancado: gano lo que pierdo y, al mismo tiempo, trabajo de nueve a nueve, de lunes a domingo, los trescientos sesentaicinco coma veinticinco; en dos años me he dado de baja un día, veré si este año sí me cojo dos días de vacaciones concretamente aprovechando ese día en el que no viene nunca nadie, de todo el año.
Trabajar como un burro, e inventar como un burro; y claro, por obtener los resultados más increibles automáticamente ya son directamente desechados. Pero no, no hay que engañarse: se desechan por motivos mucho más ruínes por la sencilla razón de que ni se preocupan de seguir los mismos procedimientos conmigo que con el resto de la gente. No cumplen ni sus propias reglas: son demasiado descarados.
Y es comprensible: ¿para qué vamos a fingir que hemos examinado su trabajo si para cuando le demos una respuesta estúpida nos va a pillar como mentirosos que somos? Recuerdo que en la universidad, por el rostro que ponían - dentro de todo su cinismo, se notaban que se divertían dando esa clase de respuestas. Pero los que se autoconsideran gente seria, o gastan de la facha necesaria, ya ni se molestan en divertirse de esa clase de actos de mezquindad.
Así que pienso que un tipo como yo, justo cuando están rodando la siguiente de Terminator en mi ciudad y, me tiene que doler, pero no he podido coincidir con ningún famosete..., ¡ay! La realidad que ya toca. Es como un mensaje claro: un mensaje de que ya eres agua pasada y no nos atrevemos a decírtelo. Algo hiciste. O algo nos dijeron que hiciste. O, simplemente, tu presencia nos resulta cansina y antiestética. Ya lo escribí en la entrada anterior: la gente quiere triunfadores. Estas entradas muestran decadencias y, ¿cómo se sale de ellas? Ya lo digo: si la mente te implora gritar una verdad a gritos, no dejes que se la lleve el viento, porque volverá a reaparecer el intruso en tu voluntad. Lo que hay que hacer es o publicarla o ponerla en privado por escrito - dependiendo del pudor que tenga cada cual. Y eso hago. Me purgo porque estoy en una carrera de fondo y no respondo por lo que escribo porque, en el fondo, no espero que estas entradas tengan lectores y, ni mucho menos, suscriptores.
Cuando oigo hablar de gente como París Hilton, no puedo sino jugar con mi mente e imaginarme que me convierto en su pareja de hecho; donarle mi cuerpo, todo mi tiempo y talento, y que haga de mí un proyecto aceptable para el facherío intelectual. Se convertiría en un juego sexual muy estimulante desde mi punto de vista. Como un experimento del que muy probablemente me enamore encarecidamente, con esa emoción de intentar descubrir cuál sería la siguiente atrocidad que jamás haría sobre mi cuerpo o persona, al suponer una humillación a mi propia identidad construida desde hace años.
Pero sueños raros podemos tenerlos todos. Existe muchas técnicas para acabar con los dolores más insoportables que existen. Si fuera ese dolor que retroalimenta la locura de la mente nada más sufrir un accidente sobre una extremidad, el truco consistirá en darle un golpe a la otra extremidad. Cosa que funciona tanto con hombres como con mujeres: testado en mis hermanas, prima, amigo, mí mismo..., por muy genial que seas, ese dolor que hace que tu rostro se descomponga se resuelve con otro golpe y, si no hubiera nada roto, tiende a rebajarse. Existen otros tantos trucos para que la mente no se obsesione y se autorreprima constantemente de manera obsesiva: pero siempre se fundamenta en lo mismo. No levantes presas para frenar lo que tú generas, abre una nueva bifurcación para que la duda cuestione los orígenes.
Por eso, cuando te encuentras con un nihilista, si realmente no es un ser tóxico deprimente, debería de tener esos mecanismos para mantenerse a flote al mismo tiempo que te convence de que el agua la tenemos al cuello. Es como el miedo infantil que pueden tener muchas personas a atrapar un mosquito: creía un familiar mío que si lo cogías con los dedos te podía picar. Esa creencia no es más que un constructo, porque lo que irrita de un mosquito son los jugos gástricos de su estómago que hace digerir en nuestro cuerpo la sangre antes de tomarla. Por eso hay miedos que, como pasa con las arañas, aunque te expliquen su procedencia se mantienen, y hay otros que, por el contrario, en cuanto te los desarrollan y ves cómo funciona el sistema todo empieza a cuadrar. Entonces desaparece el miedo a morir ahogado, ves el agua, pero puedes flotar. Yo a eso no lo llamo toxicidad; considero que es un paso fundamental para que la sociedad despierte de su letargo. Aunque no lo vaya a vivir.
Me imagino, por tanto, cómo debería de ser el mundo del que se hace propaganda en los medios. Quizá una televisión pública debería de tener a un director que haya ganado un concurso donde él mismo presupuestaba una serie de objetivos a seguir y, al mismo tiempo, un órgano consultivo con una capacidad para vetarle decisiones previamente tipificadas y que, como si fuera una junta de accionistas, cada consultor fuera representante de cada partido político para que su voz fuera proporcional a los escaños de su partido. Entiendo que el control que debería de tener la gente sobre lo que ve debería de ser controlado por las grandes masas, al menos, de esa manera. En vez de ser controlado por los intereses de las pocas hermandades que financian a esos académicos y que no dudan en aplicar su dogma, sea cual sea, a la hora de excluir o destruir a según qué individuos.
La gente aún no lo sabe, pero los hilos de la mezquindad siguen funcionando. Se trata de gente con pocos méritos pero con muchos años de carrera, y mucha jerga tecnocrática. Así como con muchos billetes y una enorme incapacidad de saber qué hacer con ese dinero, salvo el intentar decidir cómo acaparar más y más..., para nada: salvo para estancar cada vez más la economía mundial.
¿Volveré a encontrarme a otro gracioso que me diga que con Franco se vivía mejor? - No -le decía-, cuando Franco la economía mundial estaba más desahogada.
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