jueves, 12 de julio de 2018

Mis experiencias como teórico de números

Creo que aquí voy a prestarme a enterrar mis más vanales inmundicias, lo peor de mí. La obsesión compulsiva que me dio por investigar en torno al área de la teoría de números; cuando encontrar documentación puede ser especialmente complicado debido a su vinculación con la criptografía.

Desarrollar la idea de lo que es un número para mí siempre fue fascinante; he llegado a crear varias máquinas teóricas que han fascinado a algún grandísimo mátemático. Con los años, tras encontrar los ensayos pertinentes, he podido comprobar porqué tenían tanto valor - aunque a estas alturas ya todo eso poco importa.

Mi cabeza tiene esa maldición horrible que hace que me piense qué tiene un enunciado de verdadero o de falso sin tener la demostración formal a mano. Esa ensoñación, para esos primeros teoremas que nos enseñan a los que empiezan en matemáticas, me ha ido funcionando muy bien, pero claro, en un momento dado habría que empezar a claudicar.

Es entonces cuando llega el teorema de Fermat, uno lo ve y cree estar seguro de que lo puede demostrar con muy pocos folios. Habrá quien piense que esta clase de creencias proviene de una sensación de poder que uno tiene sobre sí mismo o de una sensación de desprecio que tiene sobre los matemáticos, la verdad es que las matemáticas es un campo tan extenso como ancha es Castilla, y mi visión era quijotesca, un acto de locura que me llevó a una triste ensoñación.

¿Se creía don Quijote poderoso? No, le movía un afán altruista sin importar las derrotas ¿Se movía por el desprecio a los demás caballeros andantes? Es obvio que no. Esa temeridad que le hace creer que lo tiene todo bajo control es lo que hace que, de vez en cuando, podamos cometer auténticos atropeyos sin darnos cuenta. Pero no faltarían los envidiosos, ni los impacientes, ni los traidores..., emprender la cruel tarea de ponerse en la palestra significa que muchos querrán cuestionarte a su manera, o hacer parecer que un éxito es un fracaso.

Recuerdo el día que creí demostrar la conjetura de Beal por primera vez. Lo había concebido realmente y acabé haciendo la demostración. Sin embargo, la teoría de números tenía un par de recovecos que desconocía: la manera que tuve de demostrar tal enunciado fue incompleto por un error de novato. Un error que hoy día no volvería a cometer, pero que entiendo que cometiera porque hallar raíces modulares es algo de cuya literatura es difícil de conseguir cuando no tienes las referencias. Y es que en esta carrera, nadie puede asegurar tener realmente todas las referencias cuando hablamos de seguridad informática y la necesidad de oscurecer resultados.

La obsesión con los años ha podido secar este cerebro convirtiendo su sano instinto en una estructura que, de vez en cuando, es posible que conspire contra las ideas para crear falsos positivos, sensaciones de que realmente he demostrado lo que buscaba, sólo para dejar de trabajar en esa área. Al final sólo tenía maquinarias, reducciones..., pero no me interesaba tanto la reducción, sino recuperar el instinto. De hecho, esa sensación era tan poderosa que cuando puse por escrito esa demostración que acabó quedándose a medio camino, las lágrimas brotaron de mi rostro, ilusionado ante lo que creía que era una hermosa demostración.

Con los años he creído entender cómo debe funcionar los sistemas de cálculos dentro de los sistemas de información, lo que maravilló a un viejo amigo sin que yo entonces supiera el porqué; es como un sistema de cálculo continuo dentro de un grupo - sin ser un grupo.

Después de tanta emotividad quijotesca al Quijote le tocará morir de cuerdo. Como van a tener que hacer muchas mujeres con el tema de las leyes. Esa obsesión de evitar que un jurista interprete la ley: ellas, tan mesiánicas, nos van a decir al resto del planeta cómo debemos pensar, actuar..., cuál debe ser la ética oportuna. Van a ser capaces de crear el Santo Grial de la Ley contra la Violación de manera que no haya juez sobre la faz de la Tierra que lo cuestione.

Ahora están con esa cruzada y siguen sin darse cuenta de los síntomas que presentan los que viven ensoñaciones quijotescas, con sus comportamientos compulsivos y elucubraciones conspirativas de gigantes que en realidad son molinos o de un caballero que les dará caza tarde o temprano, aunque sea el barbero.

Yo no he tenido la suerte de que un amigo pudiera frenarme en mi cruzada, y verme rodeado de mi gente cuando adquiriera la cordura. Pero eso es porque la vida del Quijote es ficción, la realidad es mucho más triste y previsible.

¿Qué pasará con estas corrientes que siguen intentando cargarse los pilares fundamentales de un estado de derecho por hacer posible su quimera personal? ¿Cuánto daño podrían llegar a hacerse a sí mismas esas personas, y a los que vivan cerca?

Al menos yo nunca me abalancé contra nadie lanza en ristre.
De eso me puedo sentir orgulloso.


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