martes, 10 de julio de 2018

Historia 2


K5 se hacía llamar a sí mismo. Ya era un hombre, pero él para sí se veía como un cazador. Un machirulo de la antigua época. Una pésima figura que se había anclado en unos años previos a la gran guerra, sin haber aceptado la victoria comunista. Viviría entre los escombros del capitalismo, sin aceptar nunca la invitación a la civilización y a la paz social planificada. Grande entre los grandes era como se veía a sí mismo, una trágica elucubración de la realidad solitaria que le había tocado vivir.

#historiasMachirulas

Los años habían estado pasando para convertirlo en un experto de su escombrera; los rojos le temían porque, en el fondo, no sabían de él. Pero él sabía de ellos y sabía cuáles eran las reglas de su mundo. Fue entonces cuando vio a su presa. Se había acercado a su coto de caza, para explorar la montaña prohibida. Allí encontró las casas abandonadas, antiguas mansiones llenas de reliquias del pasado consumista; basura para algunos, residuos radiactivos para otros y, quizá para la mayoría, una melancólica mirada hacia las cicatrices de nuestra historia.

K5, como buen cazador que era, ansioso por entrar en contacto con cualquier ser y satisfacer sus interioridades reprimidas, arrasaría con lo que fuera necesario. Y el acecho dio sus frutos pues, aprovechando que la víctima hizo una parada para hacer un pis, la vulnerabilidad fue total como para amordazar a la víctima sin que pudiera hacer nada.

Sin embargo la idea que tuvo en mente no la llevó a cabo. Fue salir de su escondite para mirar a su objetivo a los ojos, como también le correspondió. El rubor hizo ecos de los olores que transmitía el viento como para entablar comunicación entre ellos dos y así entenderse con la pasividad del momento. No sabrá él exactamente porqué la víctima no gritó ni se puso a correr, más allá de la inconveniencia del momento; pero ella le regaló a cambio el someterse ante él.

No lo comprendía, era un cazador, su presa se dejaba atrapar y, en el fondo, era lo que más deseaba. De tanto que la deseaba que no pudo tratarla más como a una presa. Pero ella se le acercó y quiso dejarse raptar, y así se lo manifestó:

Si es así no quiero volver 
donde el mañana será igual 
las noches que quedan por ver
claudicarán ante el mal

Al escuchar ésto K5 se sintió conmovido, pues su presa era luchadora y, al mismo tiempo, estaba dispuesta a vivir con él, sometida a sus designios, sólo para ser más fuerte.

Que la soga que más te apriete
no será un signo de dolor
dudes o no, lo que te inquiete,
¡acércate a tu nuevo horror!

 ¡Qué fácil habría sido encontrar palabras de amor! Pero K5 estaba pervertido por el vicio del momento; atrapó a su objetivo y lo llevó hacia donde los acantilados caen verticales, hacia donde los tesoros más antiguos escondían historias capitales, allá donde fue un mercado, con sus cosas y sus dineros, riquezas e historias que alguien le contó a él. Como pieza de museo agarraba a su presa para encaminarla al siguiente horror de la guerra y de la pobreza de su capital, la de las alcobas vacías, arañas testigos de su soledad y alfombras que nunca llegaron a pisarse.

- Estos son los horrores de la guerra, siéntelos para ti y ahora clama por tu libertad porque eres de mi propiedad. - exclamó K5.

Pero cuál no fue su sorpresa, el cazador no tenía una presa por cazar, sino alguien que le había hecho presa con su candor, y que no dudó en dejarse arrastrar para decirle:

- Estoy contigo hasta el final.

Enfermiza como no podía ser la situación, ninguna persona tan autodestructiva podría sobrevivir en ese mundo. Entonces se fijó un poco más: su presa tenía ojos, tenía nariz, tenía estatura..., y era una criatura inocente que no terminaba la pubertad. K5 necesitó demasiado tiempo para percatarse de la monstruosidad de sus actos, bajo las lámparas ruinosas del polvo y las telarañas, entre cucarachas richaracheras ansiosas de un nuevo festín bacteriano de lujo. K5 se miró a sí mismo y le deseó lo mejor para su víctima.

- No puedes estar aquí - le dijo K5 - tú no. No así, ni tan pronto.

¿Cómo iba a salir eso de él? No podía admitir traicionar un proyecto del que se había enamorado.

- Hazme de ti cuanto quieras, ¡pídeme lo que quieras! Sé que sientes lo mismo, me lo dicen tus ojos.

- Bien, - le contestó K5 - vuelve a casa y, cuando seas mayor de edad, y sólo entonces vuelve a pasar por aquí. Si no lo haces me parecerá bien.

Como si la hubieran empujado y, a regañadientes, la presa se despojó de su falta de humanidad para volver donde era una persona más. Otro miembro en esa civilización marcada por un futuro bien definido. Las noches volvieron a suceder y, con ellas, les llegarán nuevas amistades. Así se lo estuvo explicando K5 mientras desandaban su periplo hacia lo desconocido.

Pudo volver solo y por su propio pie y, pasados los años, no volvió a aparecer ya más.

K5 se apenó y se sintió mejor por ello. Porque sabía que como así había pasado, el cazador no tendría la oportunidad de hacer compartir sus miserias y sus vicios a quien sí consiguió no pelearse contra la vida. Pero tampoco dejó de ser un cazador y un violador. Porque estas historias no guardan un final feliz. Se arrastró en su mundo miserable y se mantuvo fiel a sus instintos para emitir una cruel enseñanza: si vosotros sois loables y finos, la dureza será vuestro límite real y K5 vuestro tutor.

Como un lobo estepario, azuzante con la brisa que escapa por lo alto de la montaña deja K5 mostrar su silueta para decirles a sus vecinos, los que aún viven en su burbuja, que aún hay un viejo que sigue marcando los límites de una civilización que necesita contrastes y un motivo por el que temer perderla.

La presa hizo manada, y nunca fue perseguido por su antiguo captor. De vez en cuando, alguna contradicción le sale por las noches, recordando lo que pudo haber sido para sopesar de su pasado lo que podría ayudar a sus hijos sobre el sentido de los límites, lo que sus tutores nunca fueron capaces de hacer.










No hay comentarios:

Publicar un comentario