lunes, 2 de julio de 2018

Leyendas Urbanas 1

Caminaba para ir de vuelta al trabajo, sin apercibirme a penas de una hermosa muchacha que me tenía varios pasos por delante. Una imponente hembra gitana que, de vez en cuando, marcaba el paso del camino mientras la brisa portuaria despertaba el instinto carnívoro machuno que anidaba en mí como añorando los tiempos en los que aún era objeto de deseo entre las jóvenes. La buena moza, que no hacia sino mofa de mi presencia, seguía su camino hasta llegar a una peligrosa carretera donde tocaba cruzar para llegar al hospital.

#fachasUrbanos

Poco a poco iba volviendo la sensatez a mi lugar, junto con la ensoñación del momento que me invitaba a recordar que en esos momentos tocaba volver al trabajo, cuando ella procedió a cruzar. Y fue al momento, que justo a su derecha parecía proceder a arrollarle una gigantesca carcasa asquerosa de seis ruedas mientras un carcamal levantaba su brazo con animosidad. Grite en cuanto pude, para ver cómo, asustada, pegó un salto para evitar el reflejo que le impresionó en el refilón de su mirada. No pude evitar despreciar la seguridad de una mujer que ya parecía estar a salvo, pues tenía intención de coger la matrícula..., que era de Madrid, normal pero, ¿no es acaso antigua? Así que en cuanto empecé a mirar de derecha a izquierda AD, 00..., la mujer me desconcentró: "¡Se puede saber por qué me asustas!". "Es por el coche que...", pero ya había dado la vuelta a la rotonda.

La mujer presa de una enorme rabia me clavó sus pupilas justo en el interior de la poca sensatez que me quedaba y, sin abrir la boca, no esperé ningún signo de gratitud de ese animal en celo desbocado que había sido apartado de su glamuroso camino. Casi, como propio de la pendejada del momento, no pude sino emitir una leve disculpa.

Antes de que terminara el día tuve que dar parte de lo ocurrido a la policía, cosa que no fue sino un peculiar error por mi parte: "¿Cómo dices que era ese señor?" Tuve que repetir la descripción de ese carcamal, que si medio calvo, medio canoso..., ya que la matrícula poca pista podría dar pero, ya de paso, algo del conductor siempre sería aprovechado. El dibujante que, de dibujante bien poco porque usaba un programa informático el muy vago, al final riendo dijo: "ya tengo la imagen" y, no harto de las risas oportunas, me enseñó una foto del antiguo caudillo.

¡Vaya por Dios! Me tuve que ir de comisaría incluso peor de como me dejó aquella muchacha. Pero no pude evitar soñar aquella noche con la mezcla del caudillo, del conductor raro y esa carcasa gigantesca y asquerosa que intentó arrollar a su presa.

A la mañana siguiente la ensoñación del momento, en la soledad de la brisa matutina, me llevó a recorrer de nuevo la carretera cuando, cuál no fue mi sorpresa al ver de nuevo el mismo vehículo. Cabreado, como no podía ser de otra manera, me impuse en mitad de la solitaria carretera de esa torrida mañana de verano para darle el alto. Sin embargo, héla ahí la magnificencia del momento cuando sentí con euforia la sensación de que, efectivamente, ahora el carcamal del descapotable parecía haberme elegido a mí con un grito que sólo podía ponerle eco a través del entendimiento de sus gestos. "Puto loco descerebrado e hijo de puta, ¡frena el puto coche!", y, para sorpresa del único que por ahí andaba, justo cuando creí que me arrollaba, sin poder evitar apartar la mirada, ni supe de él ni por dónde se escabulló. Me encontré solo en mitad de la carretera, justo antes de volver a mi rutinaria marcha.

Y seguí andando para abandonar esa asfaltada carretera, por la que ese vegestorio volverá a disfrutar de su caza matutina y, por desaparecido y olvidado que quede, no habrá institución que lo persiga ni afectada que vincule sus penurias con la vuelta de este señor a las carreteras públicas españolas.

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